martes, 19 de junio de 2012

MUY TARDE YA

Nos negamos los "te quiero" por temor a ser contestados con un "está bien".

 Una relación con el sexo como carta de bienvenida, sin saber que dentro del recinto nos encontraríamos con el banquete de un amor apasionado. Y miramos de reojo los movimientos del otro con miedo a probar del plato primero y parecer desesperado; aún cuando el hambre del querer hacía ruido dentro de nuestros cuerpos y nos provocaba un dolor incómodo que nos alejaba, con la esperanza de que la distancia trajera mejores sensaciones.

 Ya en otro lugar, lejos el uno del otro, el recuerdo del roce de nuestras pieles volvía a traernos esa sensación ácida. Demasiaso para ambos, demasiado tarde para un nosotros. Y sí, algunas noches sueño con que el tiempo dé marcha a atrás, que las manecillas del reloj giren incontrolables en reversa y nos devuelva a aquellas noches tan perfectas en la que abrazados compartíamos el aire de la misma habitación.

 Dónde quedaron esos días en que el sonido de tu voz alegraba mi jornada, en los que nuestras conversaciones sobre libros y tecnología llenaban nuestras emociones. Y no por la plática en sí, que me podía parecer inverosímil, sino por el compartir esas cosas en común.

 Y escribo en plural aunque es mi corazón el que habla en primera persona, porque tengo la certeza irrefutable de que sentíamos lo mismo.

 Muy tarde ya. Hoy que te volví a ver el hado me lo volvió a escupir en la cara: MUY TARDE YA!

jueves, 7 de junio de 2012

COMO UN NIÑO


Hace algunos meses tuve un “incidente administrativo” —por llamarlo de alguna manera—, en cuanto al cambio del cheque pago quincenal.  Esas interminables filas mientras los/as cajeros del banco se toman su tiempo para atender a cada cliente.  Estuve 35 minutos esperando, una vez hube llegado  a la caja, después de las revisiones correspondientes, me informan que no pueden cambiar mi cheque.  Me dirijo a atención al cliente para que 20 minutos más tarde me indiquen que la chequera usada por la empresa era nueva y no había sido activada, razón por la cual no podía cambiar mi cheque.

Cuando vuelvo a la oficina —suerte que el banco queda en el edificio contiguo—, me entero que a “alguien” se le pasó activar los cheques meses atrás y ahora algunos colaboradores y yo debíamos esperar  a que hicieran el papeleo de urgencia y poder recibir nuestros pagos.  En fin, me tocaba esperar. Y  yo estaba… Bueno, estaba vuelto un manojo de enojos y con deseos de deshacerme en improperios; en palabras más comunes: ‘taba bien kabria’o!

4:55 p.m.  Recursos Humanos llama a mi extensión para informarme que podría cambiar mi cheque de pago.

AHORA???  ¬ ¬

Esa noche tenía un compromiso, así que necesitaba plata.  Me tocó tragarme mi “kbreación” e irme al Bac dentro de un Price-Mart.  Allí tuve que decirle a una señora que me dejara entrar con ella, porque obviamente no tengo tarjeta de socio.  Por cierto, la fila en la pequeña sucursal del banco estaba larguísima. Otra vez, me tocaba esperar —cosa que detesto–. Y esperando, aún con enojo por el tiempo perdido, fue que desee volver a ser como un niño.

*******

Ya llevaba una hora en la fila, quedaban algo más de 5 personas delante de mí.  Recuerdo una mujer afro descendiente con sus dos hijos varones, aún vestido con el uniforme de un colegio privado.  Delante de ellos, una mujer asiática con su hija.  Los 3 niños tendrían entre 5 y 8 años cuando mucho.  Mientras yo divagaba entre mis agobiados deseos de encontrarme con mis amigos para beber, el resto de las personas en la fila se quejaban de la lentitud de la cajera y en sus mentes revoloteaban aves de preocupación y desencanto. Sin embargo, esos niños que no se conocían de nada jugaban juntos, alegres, felices, amigos en dos pasos, en 30 segundos.  Y así hasta que sus madres los separaron.

Los infantes están en este mundo absurdo, pero lejos de cualquiera de sus preocupaciones.   Siempre dispuestos a mostrar una sonrisa, a no guardar rencor, a perdonar.   Un niño siempre tendrá tiempo para compartir, para soñar, para curiosear.  Hace mucho que dejamos nuestra niñez —tal vez antes de tiempo—, pero siempre estaremos a tiempo a retomar esas cualidades de niños y aún permitirnos sorprendernos por las cosas buenas de la vida e incluso de las cosas buenas de las personas.