Hace
algunos meses tuve un “incidente administrativo” —por llamarlo de alguna
manera—, en cuanto al cambio del cheque pago quincenal. Esas interminables filas mientras los/as
cajeros del banco se toman su tiempo para atender a cada cliente. Estuve 35 minutos esperando, una vez hube
llegado a la caja, después de las
revisiones correspondientes, me informan que no pueden cambiar mi cheque. Me dirijo a atención al cliente para que 20
minutos más tarde me indiquen que la chequera usada por la empresa era nueva y
no había sido activada, razón por la cual no podía cambiar mi cheque.
Cuando
vuelvo a la oficina —suerte que el banco queda en el edificio contiguo—, me
entero que a “alguien” se le pasó activar los cheques meses atrás y ahora
algunos colaboradores y yo debíamos esperar
a que hicieran el papeleo de urgencia y poder recibir nuestros
pagos. En fin, me tocaba esperar. Y yo estaba… Bueno, estaba vuelto un manojo de
enojos y con deseos de deshacerme en improperios; en palabras más comunes: ‘taba
bien kabria’o!
4:55
p.m. Recursos Humanos llama a mi
extensión para informarme que podría cambiar mi cheque de pago.
AHORA??? ¬ ¬
Esa noche
tenía un compromiso, así que necesitaba plata.
Me tocó tragarme mi “kbreación” e irme al Bac dentro de un
Price-Mart. Allí tuve que decirle a una
señora que me dejara entrar con ella, porque obviamente no tengo tarjeta de
socio. Por cierto, la fila en la pequeña
sucursal del banco estaba larguísima. Otra vez, me tocaba esperar —cosa que
detesto–. Y esperando, aún con enojo por el tiempo perdido, fue que
desee volver a ser como un niño.
*******
Ya llevaba una hora en la fila, quedaban algo más de 5
personas delante de mí. Recuerdo una
mujer afro descendiente con sus dos hijos varones, aún vestido con el uniforme
de un colegio privado. Delante de ellos,
una mujer asiática con su hija. Los 3
niños tendrían entre 5 y 8 años cuando mucho.
Mientras yo divagaba entre mis agobiados deseos de encontrarme con mis
amigos para beber, el resto de las personas en la fila se quejaban de la
lentitud de la cajera y en sus mentes revoloteaban aves de preocupación y
desencanto. Sin embargo, esos niños que no se conocían de nada jugaban juntos,
alegres, felices, amigos en dos pasos, en 30 segundos. Y así hasta que sus madres los separaron.
Los infantes están en este mundo absurdo, pero lejos de
cualquiera de sus preocupaciones.
Siempre dispuestos a mostrar una sonrisa, a no guardar rencor, a perdonar. Un
niño siempre tendrá tiempo para compartir, para soñar, para curiosear. Hace mucho que dejamos nuestra niñez —tal vez
antes de tiempo—, pero siempre estaremos a tiempo a retomar esas cualidades de niños
y aún permitirnos sorprendernos por las cosas buenas de la vida e incluso de
las cosas buenas de las personas.

Que bonita entrada, bueno ese niño del que hablas esta en todos y cada uno de nosotros amigo, no importa cuantos años tengas, ese niño siempre esta esperando a que lo recuerdes. algunos piensan que comportándose como niños es la forma de no dejarlo morir pero creo que se equivocan, te soy sincera trato de no dejar morir la niña dentro de mi mirando la vida con alegría, aveces con cierta inocencia, sorprendiéndome por las pequeñas cosas, juego cuando quiero jugar (aunque sea PS3)XD...de paso ya publique mi ultima entrada en mi blog te invito a leerla http://dalimundodedos.blogspot.com/2012/06/blog-post.html
ResponderEliminar